miércoles, 17 de agosto de 2011

1. Prólogo Absurdo y Casposo

1. Prólogo Absurdo y Casposo Eran más de las doce y seguía despierto. No se podía quitar de la cabeza aquella horrible visión. Le temblaban las manos, sudaba, sangraba, sollozaba, babeaba, amaba, lloraba, rezaba, haba..., reía, bebía, regía, urgía, rugía, huía, ía...
La caspa le llegaba al gañote, que a su vez tragaba y tragaba litros de savia salival, como era costumbre en su cuerpo desde hacía tres años. Los pelitos del cogote estaban tan erizados que daban asco verlos, parecían pequeños penes asquerosos...
Los pezones caídos a unos dos centímetros de su posición natural hablaban con su ombligo, que estaba lleno de líquidos misteriosos, incoloros e inodoros...

El tipo en cuestión, nació y se crió en lo alto de un monte allá por las tierras abandonadas de Dios, que ni el propio Dios quiso con toda su arte, y luchando contra las adversidades que la vida le iba poniendo, llegó a ser la persona más querida de aquellos parajes. Por supuesto, a las adversidades no se las vieron más por allí...
Hasta que un buen día, un caballo loco llamado “Gueilo”, le pasó por encima, meóle, cagóle y coceóle hasta que vio que nuestro héroe no se podía mover.

Hecho un guiñapo y casi sin aliento, recordó lo que su madre le dijo en aquella ocasión: “—hijo mío, siempre serás un desperdicio humano, pero lo que distingue a una persona casposa de una que no lo es, es su clase...”

Entonces, en un atisbo de rebeldía, se levantó. En aquel momento era el hombre más poderoso del universo, creía que iba a alzar las manos y coger las nubes, el sol, los pajarillos, las avutardas, las gaviotas, gorriones, chinchillas, cochinillos, podencos, mariquillas, erizos y demás animales variopintos... Podría ir a su madre y decirle que había cambiado, que no era tan desagradable como creía. Sintió que por una vez en su vida tendría el suficiente valor como para plantar cara al más malo de sus enemigos, o mismamente a cualquiera. Al fin y al cabo era un petardo pero con encanto...
Bueno, pues, se levantó de un brinco..., con tan mala suerte, que el jamelgo aún estaba encima de él. El ojo se golpeó sin querer en la rodilla del animal haciendo que éste respingara. Nuestro amigo soltó un bufido agudo llevándose la mano buena a su ojito lleno de lágrimas y un tanto morado. El caballo “ Gueilo” salió corriendo colina abajo asustado y loco.

Con toda su arte y con los mocos en adviento, consiguió ponerse en pie. Se puso a andar y metióse en un agujero hondo, una especie de trampa para conejos, que él mismo cavó con ayuda de su perro “Sinsinati”...
Le cubrió casi por completo. Desde lejos parecía una flor..., entre el ojo saliente, las lágrimas y el cuello estirado, tenía un color moradito como si fuera un tulipán...

Lo peor estaba por venir ya que comenzó a llover, bueno, a diluviar. No se lo podía creer, con lo agusto que estaba en casa, ¿por qué tuvo que salir a coger setas silvestres? Y justo se estaba preguntando esto cuando un rayo le dio en su castigado ojo.
Destrozado y cansado de la vida, salió del agujero chamuscado con dirección a su casa... Desde aquel día empezó a sentirse raro, como jamás se había encontrado. Le crecieron los pezones, le emanaban toneladas de caspa, le salía un extraño líquido del ombligo, con el ojo malo veía perfectamente, tenía menos pelo, la saliva era más espesa muy parecida a la savia de los árboles. Un leve temblor le recorría las extremidades inferiores y sudaba abundantemente. Vamos, que daba mucho asco...
No se lo podía creer, ¿por qué le pasaba esto a él? ¿Qué había hecho mal en la vida para que sufriera un tormento así?
Su madre, cada vez que se cruzaba con él por la casa, le gritaba diciendo “quién te ha visto y quién te ve”..., mientras le daba pescozones.
Sinsinati” le miraba con sus ojillos tristes, pasando de todo, como siempre, vamos... Era una pena que un perro como él, a su edad, con una templanza digna de cualquier nervioso compulsivo vendedor de frutos secos y con esa sonrisa tan dulce, podía ser capaz de no inmutarse con ningún tipo de evento, situación o estímulo.
Bueno, a todo esto, nuestro amigo se llamaba Hipólito Sánchez, que creo que no se le ha nombrado en este apasionante relato..., ejem, ejem...

El caso es que el rayo aquel, de aquella tormenta, de aquel día, de aquel mes y aquella hora, le ocasionó un desequilibrio tanto físico como psíquico. Pensó que ese cambio había sido para bien y que a partir de entonces no iba a tener ningún problema. Salvo por el asqueroso caballo loco, que si le hubiera alcanzado, se habría llevado una paliza tremenda...

Un buen día, mejor dicho..., un mal día, se levantó de la cama de un salto sobrecogido. Esa misma noche soñó que se transformaba en una vaca gorda, pero muy gorda y que iba de flor en flor cantando una cancioncilla. Entonces un toro desde lo lejos observaba a la vaca Sánchez volando y se fue hacia ella con intención de ordeñarla. Y cuando estaba a punto de alcanzarla, una abejilla que había por allí picó a nuestra vaquita en el ojo. Se despertó.

Alzó la mirada, entraba una tenue luz azul por la ventana. Se puso sus zapatillitas y fue al cuarto de baño. Lo que vio le dejó patidifuso. Reflejado en el espejo, con cara de sí mismo, veía el prado donde había visto al toro en su sueño..., a la abejilla y él no era él, ¡era la vaca! No podía ser verdad, empezó a correr por toda la casa y a aullar. Sí, a aullar, no me preguntéis por qué. Se pellizcaba sin parar.

Pasaron un par de horas y seguía asustado. No era un sueño, lo sabía muy bien, era plenamente consciente de lo que había visto en el espejo. No sabía si era tridimensional el cuarto de baño o era él el que a través del espejo podía ver todo lo soñado.

Tumbado en la cama, sin poder cerrar los ojos, empezó a sudar. Sus pezones se movían lentamente hacia su ombligo. No podía aguantar más. Deseaba acabar con su desesperación. Su madre desde la habitación de al lado, golpeaba la pared con fuerza y le gritaba: ” ¡...no grites, pequeño energúmeno!”

Hipólito no podía hablar, sólo le salía un ligero zumbido de la nariz. Estaba tan absorto consigo mismo que pensaba que todo su cuerpo fuera a explotar de forma horrible y asquerosa... Bueno, siempre es de forma horrible y asquerosa, claro. Pero en su interior estaba tranquilo, tenía una paz interior que nunca había sentido; en el fondo de su ser, se veía como la vaca que soñó y que luego vio en el espejo de su cuarto de baño, hasta le pareció que rumiaba y todo...
Llevo muchos años viviendo con animales, a lo mejor se me ha pegado algo chungo...”

La cuestión ahora era que, siendo una vaca, no tendría preocupación por nada, simplemente se limitaría a comer hierba y a mugir... Lo peor sería sin duda, los cuernos..., por supuesto.

Además, odiaba a las vacas.