miércoles, 17 de agosto de 2011

2. Situaciones Endebles


Eran más de las doce..., digo..., perdón...

La tarde iba cayendo con b de burro, veloz y pasmosamente, vertiginosamente hacia lo más oscuro y profundo del subconsciente. Las hojas en el suelo se movían graciosas y juguetonas, aun sabiendo que aquel árbol, las había echado...
Una mujer sentada en una silla de madera lloraba desconsoladamente... Las lágrimas corrían por sus mejillas sonrosadas y pecosas. Unas lágrimas gordas y saladas, pero que muy gordas, que hacían recordar lo que el tiempo no curó...

La ventana daba a un pequeño patio donde los niños jugaban con la pelota, o se pegaban dentro de un corro deseoso de sangre y vergüenza. Eran aproximadamente las once y media de la mañana, cuando todos los niños del colegio salieron dando brincos y chillando, libres del bochorno de ciencias sociales, o del aburrimiento de mates...

-¿Señorita López, se encuentra bien?-dijo una voz llameante y sensual.
Absorta en sus pensamientos más perversos miró sin demasiado ímpetu hacia la voz sinuosa.
-Hola, perdona estaba frunciendo unos paños que…
-¡No!- cortó de seco el subdirector Ferrer. -Estoy muy enfadado con usted, señorita López, no puede ser así con los niños.
-Señor, no entiendo. Yo sólo frunzo los paños que…
-¿Otra vez? ¿Por qué se dedica a esto?-preguntó con muy mala leche…
-Señor Ferrer. Los paños que…
-¡Fuera del aula! –amenazó el subdirector. –Estoy harto de verla siempre llorando. No tiene que dar esa imagen pública, y por favor, deje los paños en su sitio.
-Yo sólo quiero fruncir…
-¡Vállase a la mierda!-en ese momento empezó a desabrocharse el cinturón mientras la señorita López no daba crédito a lo que veía. Notaba que algo se abultaba debajo del pantalón de Ferrer. No podía verlo. Era totalmente obsceno. Pero, había algo que, por una extraña razón, le atraía de aquel bulto. No era normal. Era más grande de lo normal y no paraba de crecer y crecer.

Los niños se reían jugando a la pelota y corriendo…

Ferrer se ponía rojo y muy tenso…
La señorita López tenía ganas de ver qué era aquello…
Un pájaro pasó por allí piando, se posó en la rama de un árbol y cagó sin miramientos…

La alarma sonó en el momento en que la mano temblorosa de López se acercaba al bulto palpitante y enorme de Ferrer. El paño cayó al suelo asustado y fruncido.

Los niños volvieron a sus clases sudando y acalorados. Un niño con la cara llena de mocos, lloraba. La chica que se sentaba detrás, le dio una hostia en la cabeza y los mocos se le inflaron como si fuera un chicle.
Otro de los niños se metía el dedo en la oreja y se lo daba luego a una amiguita, en fin, eran muy guarros, qué le vamos a hacer, son niños.

Guarros como la señorita López y el subdirector Ferrer, que se miraban lascivamente…, potencial y lascivamente.
Sin decirse nada y sudando más de la cuenta, la señorita López, se encaminó a su aula sin mirar atrás. El bulto fué desapareciendo, gracias a dios...

Ya en clase con los niños, el tema principal que le pasaba por la cabeza era el bulto aquél... también se le pasaba algún paño que otro...

-¡Señorita! –dijo Bartolo, el niño de los mocos- . ¡Señorita! ¿Qué es eso?

Una polla muy gorda”

-Es…, un paño –dijo la señorita ruborizada. –Es un paño de cocina que me regaló mi mamá hace mucho tiempo en mi pueblo.

-¿Qué es un pueblo?

Algo muy gordo y grande que palpita”

-Mira, Bartolo, lo sabrás cuando seas mayor.

El niño la miró de forma que mira una nutria a un cocotero.
López sólo imaginaba viéndose tocando aquella cosa que palpitaba dentro del pantalón del señor Ferrer. Se sentía sucia y las lágrimas empezaban a aflorar suavemente.

La niña que repartía hostias habló:
-¡Bartolo es un lolo! ¡Bartolo el bolo!
-Guadalupe, hija, cállate –dijo la señorita. -Tengo la cabeza que me va a estallar.
-¿Qué es estallar, señorita? –dijo Bartolo.

Tocar el cimbrel con las dos manos”

-Es cuando…, algo explota, y eso.
Un niño ríe en un rincón del aula. Todos le miran.
-Ha dicho “sexo”… -dijo el niño que se reía.
-No Gustavo, he dicho “eso”.

Que entre Ferrer por la puerta con la palpitación”

-¿Seño? ¿Qué es un centollo? –dijo Bartolo con el dedo metido en la nariz.

Es lo que palpita dentro del pantalón de…”

-Es un crustáceo.
-Yo hice un crustáceo por el Mediterráneo el verano pasado –dijo Guadalupe.
-Si, si, muy bien. –dijo López.
-¡Filomatic! –soltó el niño albino.
-Ya se os está bloqueando la cabeza de tanto sol que os ha dado… -dijo López, mientras miraba la puerta con deseo…
-¡Piscolabis! –volvió a soltar el niño albino.

El niño albino era de intercambio y no se enteraba de nada el pobre, pero era ayudado mucho por los profesores y los propios alumnos. Era el más mayor, era muy brutote pero era muy buen chaval, y muy rubio. Pero que muy rubio. Su nombre era Swart, pero todos lo llamaban Alvin. Era de un pequeño pueblo costero noruego. Su padre murió congelado mientras esperaba la época de la pesca del salmón y su madre se volvió loca. Por eso dice palabras al azar. Porque su madre las decía mientras cocinaba, o veía la tele.

-¡Torrefacto! -dijo Alvin.
-Alvin, cariño, ya vale. -dijo suavemente la señorita López, casi desesperada por la vida.
-¿Por qué no le lleva al cuarto oscuro, seño? -vociferó Bartolo.

Oscuro como el bulto..., como mi ano...”

Todos empezaron a reir pero que muy alto y a gritar. El sudor frío caía por las sienes de la señorita, que no podía hacer nada. Estaba bloqueada y sólo pensaba en lo mismo una y otra vez. Hasta que de buenas a primeras soltó:

-¡Ya está bien, pequeños hijos de puta!

Todos dejaron de reir y se pusieron serios. López se sintió liberada. Resopló cual jamelgo, se levantó de la silla y abandonó el aula. El niño alvino, volvió a hablar:
-¡Mondongo!